miércoles, 3 de noviembre de 2010

Teresa Cuellar, Teyé

La promiscua ferocidad de Teyé

Por Juan Gustavo Cobo Borda


Flores, Frutas. De Arcimboldo a Hans Holbein el joven con su tranquila esfera de cristal y agua ofreciéndonos, en primer plano, tres claveles rosa sobre la tela negra del comerciante George Gisze. De los siempre presentes fruteros de Caravaggio, los saboree Baco o los bendiga Jesús, hasta las verduras inmóviles en el aire atemporal con que Sánchez Cotán pule sus semillas, nervaduras y asperezas de melón, lechuga o pepino.

De los limones metafísicos de Zurbarán a las naranjas y manzanas de Cezanne, tan terrenales cuanto más rojas. Del frutero inevitable que Picasso coloca en medio de sus desnudas y angulares señoritas de Avignon hasta tantas otras frutas que acompañan, sensuales, los desnudos de Matisse, burguesas los interiores de Braque o ascéticas y depuradas en asombroso equilibrio neutro de las naturalezas muertas de Giorgio Morandi. Sin olvidar las sandias de Rufmo Tama yo o las tropicales frutas de la cubana Amelia Peláez. Teresa Cuéllar (1935) tiene detrás suyo una tradición espléndida.

Pero quizás no haya que ir tan lejos. Como lo ha registrado Santiago Londoño en su exhaustivo Botero (Villegas Editores, 2003), cuando este fue nombrado profesor de la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, de 1958 a 1960, sus matutinas clases de dibujo, con figura humana, resultaron ser un estímulo entusiasta para sus alumnos que aún las recuerdan. Entre ellos, en primer lugar Teresa Cuéllar, Teyé. Repásese, por cierto, su Bodegón (1968) en el Museo Botero y se comprobará cómo la horizontal morada y el inquietante fondo verde es recortado por el preciso frutero blanco donde se superponen y amontonan esas frutas-verduras en amarillos-verdosos, en blancos y marrones. ¿Repollos, guanábanas? Masas de color que luchan entre ellas para que un límite se defina. Para que un tono impere sobre los otros.

Teyé ama esos combates de promiscua ferocidad, donde las cebollas pueden fusionarse con las guanábanas y engendrar a partir de esas semillas, pegajosas y delicuescentes, fantasmales ve los de inquieta ambigüedad. No hay límites. Tampoco en su última exposición la naturaleza es sólida ni confiable; vive en perpetua metamorfosis. Incluso los floreros de vidrio donde dispone ramos de colores, esa paleta que bien puede ir del azul con vela doras al violeta de Windsor pasando por el verde viridian es capaz de suscitar nuevos frutos, propios solo de Teyé. Ella cultiva así un extraño huerto-jardín que requiere apenas tela de lino, aceite, trementina canadiense y pinceles de camello. Surge entonces una amarilla auyama, una pera ocre, de tierras con veladora de verde-cromo, que nos demuestra, con su estar tranquilo, sólida en sí misma, cómo esos logros de especies imprevistas, no se descomponen ni se pudren. No se alteran, como los huma nos, en voluble vaivén tempera mental. Sino que solo la luz de Chía, en Fonquetá, explora en ellos a la búsqueda de un matiz. De una renovada visión.

Conservar, en todo momento, algo firme y rotundo, bien puede ser la infranqueable barreta visual de un rojo sólido y estremecedor, sobre el cual la vista no puede ir más allá. Le cierra el paso, difícil, inclaudicable, una pintura agresiva, de masas rotundas y fondos ciegos. El color también puede llegar a ser áspero é intratable. Deja de preocuparse por el qué dirán. Se abren en dos, impúdicas y desafiantes, las formas con una libérrima decisión de explorar hasta el fondo de sí misma el color. Rojos sólidos. Azules misteriosos, verdes incómodos, sí, Teresa Cuéllar, irónica, dice no tener biografía, sino tan solo currículum; el suyo abarca Italia, con Ungaretti y su voz de campana, María Zambrano, filósofa entre gatos, y Emma Reyes, quien vivió en una cava, cuidando una momia, y participó en la guerra del Chaco.

Casi tanto como su vida, expresan estas pinturas. Ellas han superado con creces la prueba de la naranja, tal como lo estableció su maestro Botero: "La gran prueba de originalidad del artista es que pueda pintar una naranja distinta. La naranja es la forma más simple y si uno logra darle realmente un sello personal, eso es lo importante. Esa es la prueba de fuego de la pintura". No hay duda de que Teresa Cuéllar lo logra.



...Si se quisiera analizar esta pintura a la manera tradicional, exigiríase otra vez el uso de la terminología inadecuada cuando se trata de otros productos artísticos. Pero al subrayar la principal cualidad de la actividad de Teyé, cual es la consciente necesidad de practicar el humilde oficio del taller, resulta aleccionador su arte, de manera particular ahora cuando por doquier solo se ven pobres resultados debidos a la improvisación y a la ignorancia. Teyé no desprecia, sino que valora y encarece el oficio, por lo cual su quehacer artístico se diferencia de aquel otro de índole parasitaria que suele imitarse de las revistas de moda artística.


Pero más que la pintura quiero resaltar el valor y la importancia del dibujo de Teresa Cuéllar. Cuidadoso y hábil, de valores pictóricos, posee condiciones de seriedad que lo hacen respetable. Se me ocurre que el artista podría, bien pronto, gracias a esa habilidad y a su empecinado deseo de dominar los elementos del taller, proponerse nuevas etapas que le permitieran explorar en los campos del diseco donde tantas y tan inusitadas y ricas posibilidades existen... Teyé cuenta, además, con cultivada inteligencia como para ensayar con afortunado éxito el diseño que es, repito, actividad artística de evidente importancia y de oportuna ocurrencia en el mundo contemporáneo.

La actual exposición de Teresa Cuéllar es, en resumen, el resultado de una nueva etapa en su continuada labor de artista. Seriedad, dominio del oficio, independencia, personalidad no sometida a fáciles influencias, serían las cualidades que la califican y enaltecen. Si gusta o no, es materia que el público debe resolver al enfrentarse a la obra de la culta e inteligente artista. Personalmente admiro y respeto su decisión de permanecer en lo suyo y exalto su empeñoso quehacer artístico que, como lo he anotado, me parece ejemplar.


EUGENIO BARNEY CABRERA Agosto de 1970
Tomado del folleto 10 Años de Arte Colombiano, Museo La Tertulia, Cali, 1971



Click on image to go back to "Naturaleza Viva" Series 

click on image to go back to "Naturaleza Viva" Series

No hay comentarios:

Publicar un comentario